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Agosto 2013
Fortalecer la hermandad
¿Qué mundo les dejaremos?
Perfil: Coach Pieter Strik
Entrevista: Diego Pérez
Carmen: En tus zapatos
Trotamundos: Manuela de Agrela
Álbum familiar: Tessa García
Plan de acción: ¿Cómo aficionarlo a
los cuentos?
Encuentro: Comunicación no violenta
Trompo
Tiempo nuestro
Mini Tips
Diciembre 2012
Trastornos de alimentación
Entrevista: Así nutren ellos
Que las mesas también celebren
Entrevista: Carlos González
Carmen: Nútreme mucho
Trotamundos: Florencia Delbene
Álbum familiar: Patricia Wolf
Plan de acción: Inteligencia financiera
Vibraciones de sabor
Coaching: María B. Settembri
Estilo: ¡A jugar se ha dicho!
Tiempo nuestro
Mini Tips
Agosto 2012
Entrevista: Así educan ellas
Plan de acción: El Arte de vivir
Aprender juntos nos hace bien
Educación: Colegio Rudolf Steiner
Carmen: ¡Waldorf en Montevideo!
Trotamundos: Mónica Mariño en Italia
Álbum familiar: “El Pelado” López
Tiempo nuestro
Mayo 2012
El precio de la perfección
Entrevista: Sol Rueda
Trotamundos: Ximena Torres
Ideas: Libros de familia
Mom in the city
Árboles familiares
Plan de acción: Hora de deberes
Tiempo nuestro
Álbum familiar: María Gomensoro

¿Qué mundo dejaremos a nuestros hijos?

Los niños del mañana vivirán en el mundo que hoy los adultos estamos creando para ellos, tal como nuestros padres y antepasados nos legaron el mundo en el que vivimos hoy. Cuando caemos en la cuenta de que la responsabilidad está en nuestras manos, tengamos hijos o no, solemos preguntarnos: ¿Cómo será ese mundo futuro? ¿Estaremos haciendo las cosas bien? Kiddo quiso conocer la opinión de personas con perfiles diversos, que viven el presente y se aventuran hacia el futuro cada uno desde su historia, sus creencias, su trabajo cotidiano y sus esperanzas



Margarita Irigoyen de Deambrosi
Directora de Fundación Don Pedro

Una familia fortalecida es el mejor ingrediente para un futuro mejor

Desde su creación en 2003, la Fundación Don Pedro (impulsada por el grupo empresarial y familiar Deambrosi-Irigoyen) atiende a 300 niños y adolescentes de la Cruz de Carrasco y apoya a varias escuelas públicas de contexto crítico ubicadas en Montevideo. Al frente de la Fundación está Margarita Irigoyen de Deambrosi y dos hijos, Mateo y Leandro, con quienes comparte el objetivo de “trasmitir valores, diversión, color, música, alegría, buenos momentos, amistad y mucho amor” a los menores, convencidos de que “nosotros con nuestros pensamientos, palabras y acciones del día a día somos los responsables del mundo que les dejaremos a los niños del mañana”, aseguró Margarita.

La Fundación brinda a los niños y sus familias un espacio donde desarrollar y ampliar sus conocimientos e intereses, logrando cambios significativos en sus proyectos de vida. Para lograr este objetivo cuenta con un terreno de 16.000 m2 y un local de 2000 m2 construido por Eladio Dieste, además de canchas de fútbol, básquet, hand-ball, volley, dodgeball, tenis, ping-pong, sala de informática, salas donde se apoya a escolar y liceales en los estudios, expresión plástica, talleres de percusión, música, canto, circo, cine y video, y un equipo de 25 profesionales y técnicos. El alma mater de Don Pedro confía en que el trabajo que realiza hoy tendrá incidencia en el futuro porque compar- te el sentir de la Madre Teresa de Calcuta cuando dijo: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”, y desde ese lugar es que transformó a la Fundación en su propio mundo y la vive como su granito de arena para lograr un mundo más amigable para los niños de hoy y del mañana. Con actitud optimista y enérgica, Margarita recuerda su propia infancia y el tiempo que había enton- ces para “ser simplemente niños, para inventar juegos, y para la comunicación entre padres e hijos, hoy suplida por la tecnología y los niños-agenda”. También recuerda que su niñez transcurrió inmersa en una naturaleza más amigable y muchos menos contaminada y agredida que hoy en día, pero aún así descarta la idea de que todo tiempo pasado fue mejor cuando afirma: “No fue mejor, fue distinto”, y a modo de respuesta sanadora propone: “Rescatemos lo bueno del pasado y unámoslo a lo bueno del presente para llegar a lo bueno del futuro”, porque elige no desconocer que la tec- nología y todas las posibilidades que genera, “bien usadas y no abusadas, son positivas”.

Entre las instituciones que considera seguirán siendo claves para los más chicos está sobre todo la familia, y en ellas, el rol fundamental que juega la mujer. “Las mujeres indudablemente son la fortaleza de la familia, y una familia fortalecida es la base del futuro mejor”.

Margarita cree que en el ser humano, en el esfuerzo y en que en la generosidad de todos está el motor para llegar a un mejor destino, que en este caso es simplemente un mundo mejor. De ahí que consultada acerca del papel que juega la espiritualidad en su vida, sostiene:” Si vemos la espiritualidad como algo meramente proveniente de una divinidad o un dogma, no juega un rol importante en mi vida. Si la vemos como la energía que se trasmite a través de los actos, que trasciende a una persona desde nuestro pensamiento, si la vemos como la fe que se nutre con el pensamiento positivo, el dar gracias, el compartir., el ser amable., entonces sí juega un rol muy importante en mi vida”.

A la hora de admitir sus miedos, afirma que le teme al propio miedo, a la ignorancia, al odio y a la intolerancia. Pero a su vez, no duda que compartir, es la mejor forma de alcanzar la felicidad.

 

Magdalena Ibáñez
Ingeniera Agrónoma, directora de Fundación UPM

Menos touch y más vínculo personal

Magdalena Ibáñez es ingeniera agrónoma, madre de dos hijos de 11 y 7 años y desde hace casi 20 años trabaja en el sector forestal, en lo que podríamos llamar el Uruguay profundo, adonde la lleva su labor como gerente de Responsabilidad Social de UPM y directora de la Fundación UPM.

Con sus ideas claras y una forma directa de explicarlas, dado que asegura, “me cuesta filosofar”, a la hora de educar a sus hijos intenta inculcarles, además de que sean felices, “que valoren lo que tienen y que le den la importancia real a cada cosa”.

Cuando mira hacia atrás para ver su propia infancia y ver en qué se diferencia con la de sus hijos, Magdalena recuerda que sus primeros años transcurrieron entre el colegio y los almuerzos y cenas en familia, las tardes de estudio o deporte y el rato de televisión después de la señal de ajuste de las 18 horas. Por eso al comparar ve que los niños de hoy casi no tienen espacio para el aburrimiento, “eso que te hace ser creativo, inventivo”. Al pensar en qué mundo le gustaría que vivieran sus hijos no duda: “Un mundo sin tanto touch y más comunicación directa entre las personas”. Como madre sabe que no sirve ir en contra de la tecnología y sus avances, pero sí cree que es posible “cuotificar” el vínculo de los niños y las computadoras de todo tipo. Lamenta que no se haga mucha cosa al respecto, sino que por el contrario, “cada día se está fomentando más”. Sin embargo, aclara que cada vez más ve a los padres preocupados por aprender a poner límites más eficaces, porque claro, la hiperconectividad presente hoy en día tiene sus pros y sus contras. “Creo en la importante y necesaria conexión directa, real y verdadera, que no sustituye la virtual sino que la complementa”, enfatiza.

Tras muchos años de contacto directo y trabajo con personas de tierra muy adentro, destaca que la vida en el interior del país “tiene el sabor de lo simple, de lo genuino, pero sin embargo, no debemos quedarnos en la imagen idílica de esta realidad, que encierra también muchas carencias de otro tipo. En mis recorridos por pueblos lejanos veo padres preocupados porque sus hijos luego de los 12 años no tienen dónde estudiar y aún les quedan años para comenzar a trabajar. Veo falta de asistencia social y sanitaria, y familias aisladas por la falta de transporte hacia la ciudad”. El trabajo de Magdalena también la llevó a conocer algunos países de África, y esa posibilidad de tomar contacto con otras realidades, “me hizo, además de ser más sensible, valorar las cuestiones diarias (tener agua, comida, acceso salud, etcétera). Asimismo, me hizo aprender a tener todos los días una sonrisa como la que ellos tienen cotidianamente a pesar de sus carencias y dificultades”.

De cara al futuro, no solo no duda sino que confía en que las mujeres tendrán un rol destacado a la hora de mejorar el mundo. Según entiende, para alcanzar este objetivo, “la visión más detallista, humana y servicial” de sus congéneres, será un gran aporte, “ya no sólo dentro del ámbito laboral sino también familiar y social”.

Otras cosas en la que Magdalena no duda es en que la espiritualidad de cada uno es importante “en cuanto te hace mirar y valorar más a las personas que a las cosas, y a partir de ello, ver la mejor forma de ayudarlas desde la posición que cada uno tiene, manteniendo en todo momento una coherencia entre la vida personal, la vida familiar, la vida profesional….”; y en su propia fe en Dios, sobre todo, “en la inmensa capacidad que brinda a los hombres de darle sentido a la vida”.

Pero volviendo a lo que Magdalena llama “la generación Touch”, sostiene que hoy, “más que entender, nos cuesta valorar y querer aquello que no podemos tocar. Y a eso se suma nuestra falta de constancia para hacernos tiempo entre tanto barullo y reflexionar sobre ello”. Pese a todo, Magda solo le teme a la muerte de sus seres queridos y está convencida de que la mejor forma de alcanzar la felicidad es vivir todos los días como si fuera el último.

 

Gonzalo Frasca
Investigador, diseñador de videojuegos, empresario y docente académico.

Quiero un mundo que se tome la educación en serio

¿Qué mundo te gustaría para los niños del mañana?
Quiero un mundo que se tome la educación en serio. Creo que el mundo peleó por la libertad del hoy, pero la educación es ser libre para el futuro. Dar las herramientas para que todos los niños puedan imaginar su futuro. Si estamos vivos es para ser testigos y actores de nuestras vidas y eso se logra solamente aprendiendo de nuestros mayores.

¿Confías en que ese mundo será posible?
Por supuesto, creo que se puede si nos formamos y preparamos para tirarnos al vacío.

¿Crees que hoy estamos haciendo algo para lograr un mundo así?
Todos pensamos que sí, pero no es así. Lo digo a nivel personal, familiar, social y gubernamental. He vivido en países realmente solidarios, como en Escandinavia, donde muchísima gente, cada semana, trabaja voluntariamente para ayudar a sus pares. Si alguien lee esto y lo primero que piensa es “ah, pero en Escandinavia son todos ricos”, es un ignorante. Lo digo por experiencia: antes de vivir allí yo pensaba así. Viajar y vivir en otros países te permite ver que muchas cosas que se hacen bien no dependen solamente del dinero. En Uruguay usamos esa excusa como comodín para dejar todo como está.

¿Qué tuviste en tu infancia que no podrán tener los niños del futuro?
Una dictadura que metía presos y mataba a la gente que me rodeaba. Quiero creer que los niños del futuro no van a tener que pasar por eso. Pero la única manera de asegurarnos que no pasen esas tragedias es a través de la educación. No vamos en buen camino, pero no pierdo la esperanza. Dicen que para cambiar el mundo, hay que empezar por el propio.

¿Qué haces para aportar tu grano de arena?
Comparto mi experiencia siendo docente y trabajando pro bono. Este año, que estoy de año sabático, estoy intentando dedicarle un día por semana a este tipo de actividades.

¿Qué personas o instituciones crees que tienen un rol fundamental en este cambio anhelado?
El primer paso es asumir que tenemos un problema. Estamos conviviendo con una crisis educativa gigante y hacemos como que no pasa nada. Es un problema global, entonces es mejor seguir haciendo como que educamos y que los alumnos hagan como que aprenden.

¿Crees que la hiperconectividad de hoy en día, es negativa, positiva, o ambas cosas a la vez?
El simple hecho de hacernos esa pregunta muestra que es un cambio que estamos procesando. Hace siglos, nos asustaba la gente que leía mucho, como El Quijote. Ahora nos acostumbramos. Son procesos y, como todo lo humano, esconde lo bueno y lo malo.

¿Consideras que las mujeres están llamadas a jugar un rol protagónico a la hora de mejorar el mundo?
Hasta hace poco era revolucionario pensar que las mujeres tuvieran acceso a la educación. Ahora, de a poco, estamos aceptando que tengan un espacio en ciencia y tecnología. El machismo sigue siendo una de las enfermedades más comunes. El primer paso es admitir que somos machistas. Yo empiezo por admitirlo y, a partir de ahí, tratar de cambiar. Es otra de las cosas que aprendí viviendo en Escandinavia.

¿En qué crees?
En la educación.

¿Qué rol juega la espiritualidad en tu vida?
Siempre fui muy racional y, por suerte, con la edad me fui ablandando. Siempre estudié montones: tenía doble horario en la escuela y el liceo, luego facultad, maestría y doctorado. Tuve que estudiar todo eso para darme cuenta que hay que ser menos estructurado y valorar más el juego. Jugar es la manera de conectarse con el otro y con el universo. Digo juego en la manera más amplia de la palabra: experimentar, probar cosas nuevas, ser responsable pero no inconsciente.

¿A qué le temes?
A la falta de entusiasmo y a la pereza.

¿Cuál crees que es la mejor forma de alcanzar la felicidad?
Uno es feliz cada vez que comprende un poco más del mundo. Y la manera de comprender es verlo a través de los ojos y de las manos de otras personas. Estamos vivos para ser testigos de la vida. Ser feliz es hacer ese testimonio de manera voluntaria y sin indiferencia.

 

Roberto Canessa
Cardiólogo infantil

Encontrarle el gusto a la vida

¿Cómo es el mundo en que le gustaría que vivieran los niños del mañana?
Un mundo balanceado. El ser humano es mente pero también es físico. Si pensamos en el hombre de las cavernas que tenía que caminar todo el día para proporcionarse su alimento, vemos que esa cacería se ha sustituido por el hábito de abrir la heladera. Eso ha determinado que toda la población haya engordado, hoy en día con la computación vivimos muchas horas de quietud y eso creo que va a crear un desbalance en la mente de los niños. Van a vivir en un mundo virtual y no en un mundo físico real. También quiero más comunicación persona a persona, tertulia, la mesa familiar, instancias de comunicación que antes era lo que el ser humano tenía como momentos de comunicación.

¿Crees que es posible alcanzar ese equilibrio?
Cada cual lucha por lo que cree. A mis hijos traté de llevarlos mucho al aire libre y hoy a mi nieto de siete meses lo pongo a pastar al sol. Creo que a los niños hay que sacarlos afuera para que se enfríen un poco, para que vivan en contacto con la naturaleza.

¿Qué hacemos los adultos para conseguir un mundo equilibrado para
los más chicos?

Estamos trabajando y tratando de conseguirles cosas materiales. Eso es un error. Es cierto que tenemos problemas graves. Hoy en día con la inseguridad cuesta llevar a los niños a las plazas, pero igual creo que está bien pasar un poco de frío, embarrarse y ensuciarse. El contacto con el barro y la tierra le da nuevas sensaciones. La mente del niño muy chico es como una hoja en blanco en la que se van programando olores y adherencias a la vida. A veces la mente introvertida hace que la persona se desequilibre. Un niño que nace y crece en el último piso de un edificio no conoce nada, va al campo y se sorprende al ver lo que él entiende como pollos corriendo con plumas. Creo que las aferencias de la vida son muy importantes. Pienso en el Fausto de Goethe, cuando el tipo está al borde del suicidio y las campanas de la ciudad le hacen recordar su infancia y los momentos alegres de la vida y eso le ayuda a lograr un equilibrio emocional. Creo en eso. Familia, religión, centros de enseñanza, redes sociales.

¿Cuál de esas instituciones tienen o tendrán un papel fundamental?
Está la patria grande que es el país y está la patria chica que es la familia.
Las redes sociales son información, entrenamiento de la mente, capacidad, eso es el estímulo, el chupetín de los niños. Esa es la parte del mundo de la que no nos tenemos que ocupar porque igual va a invadir todo. Yo veo a mis pacientes cardiológicos con el iphone a los tres o cuatro años. Es como la Coca Cola no vamos a poder frenarlo, lo que tenemos que hacer no es intentar frenar eso sino alternativamente estimular o inculcar otras cosas. A los niños no es necesario enseñarles a comer dulce, hay que enseñarles a comer fruta y verdura.

¿Le preocupa la conciencia ecológica que heredarán de nosotros?

En lo personal no creo que estemos destruyendo el mundo ni haciendo tanto mal, sino que hay un poco de alarmismo en eso. Es mi postura personal capaz que es una ignorancia pero capaz que no.

¿Qué rol juega la espiritualidad en su vida?
El ser humano cuanto más materialmente satisfecho está más poderoso se siente. Cuando se enfrenta a una situación que no puede dominar ahí es cuando surge la presencia de lo superior, cuando necesita algo más. Creo que el confort paganiza y la adversidad espiritualiza. Tenemos que luchar contra la fácil, contra el vivir en bajada, tenemos que buscar algún repecho, buscarle y encontrarle realmente el gusto a la vida. A mí en el colegio me habían enseñado acerca de un dios que era “no mientas”, “no robes”, “no hagas esto”, “no hagas lo otro”. Un dios de los no. Y en los Andes conocí un dios de los sí. Pensaba: por favor dios ayudame, sos mi amigo, sos el que hiciste todas estas montañas, quiero salir de acá. A ese mismo dios es al que le pido todavía cuando hoy opero a algún niño difícil y le digo que no se olvide de mí y me dé una mano.

 

Miguel Brechner
Director del Plan Ceibal

El desafío es saber integrar tecnología y pedagogía

“Le estamos dejando a los niños un mundo complicado, pero no tiene nada que ver con la tecnología, sino con que una serie de valores que eran importantes han sido desplazados por otros y está complicado volver a que las cosas fundamentales sean pilares de la sociedad. La educación, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, el buen relacionamiento, la idea de que es importante aprender, que es importante crecer, el esfuerzo, son valores que de alguna manera están contaminados por la cultura mediática y por esa idea de “quiero todo y ya”. Esto no solo pasa en Uruguay sino en muchas sociedades, y son cosas que no tienen que ver con la tecnología”.

Así opina Miguel Brechner, el ingeniero que está al frente del Plan Ceibal desde su gestación y que sigue persiguiendo la idea de que todos los niños del país tengan su propia Ceibalita y que los docentes sepan sacarles el mejor provecho a estas computadoras portátiles que de alguna forma pusieron a Uruguay en el podio de la carrera mundial por una mayor inclusión.

Brechner es un convencido de que el acceso universal a la tecnología logrará un mundo “mucho más democrático, mucho más abierto, participativo e interactivo, donde hay un cambio de paradigma en cuanto a lo que es la privacidad, la libertad y una cantidad de elementos relacionado con eso”. Pero por otro lado, y también desde el punto de vista tecnológico observa que, “de repente estamos generando una dependencia hacia ciertas cosas de forma que solo logramos que las dependencias cambien. De la dependencia con el televisor pasamos a depender del celular. Pero es parte del avance del mundo y no me preocupa porque me parece genial el nivel de libertar, de conocimiento y de democracia que genera la tecnología al permitir participar a los ciudadanos en cosas que antes no se podían”.

Con 60 años vividos, Brechner sigue apostando a los valores que imparte el núcleo familiar: “La familia va a seguir estando siempre, va a permanecer aunque con definiciones diferentes, pero sigue y seguirá siendo el lugar indicado para que se críen los niños. El amor de la madre y el padre es fundamental. Lo que sí está claro es que con el ingreso de más personas al mundo laboral es necesario encontrar soluciones que permitan que las mujeres puedan trabajar más, sobre todo las que son jefas de hogar, porque es una cadena: el no poder trabajar las desfavorece en la competencia dentro de la sociedad y en su crecimiento personal. Si todos los niños estuvieran en el aula a tiempo completo, muchas más mujeres podrían trabajar y crecer”.

Recordando a su infancia para compararla con la actual y soñar con lo que puede ser en el futuro, Brechner no dudó al afirmar que cuando él era chico, “Uruguay era un país increíble, por lo menos al nivel donde yo estuve que era la escuela del barrio, el liceo público, los clubes barriales, la convivencia. Era una linda época. Mis padres emigran escapando de la guerra, primero a Bolivia y luego a Uruguay porque este era un país ideal para los niños. Esos años fueron increíbles. Hoy Uruguay sigue siendo un buen lugar pero en aquella época era mucho mejor. La libertad con la que nos movíamos los niños en la década del ’60 era un atributo social y de equidad que de alguna manera daba muchas libertades pese a los problemas. Igual hoy tenemos mucha más libertad individual que la que teníamos antes por la gran capacidad de saber y conocer a partir del gran nivel de información disponible. Por eso hoy el rol más importante que tiene el docente es enseñarle a los niños a seleccionar las respuestas que recibe en la red. Pero en términos de potencial, no tengo dudas que tiene mucho más potencial el niño de hoy que el del pasado. Hoy un niño de cualquier lugar del país está al mismo nivel de información que un niño de la ciudad. Eso antes del Plan Ceibal era imposible. Queda mucho por hacer, falta integrar la tecnología y la pedagogía, y lograr que para los maestros sea absolutamente natural usar la tecnología. Para eso falta, pero hay tiempo”.

 

Carlos Ponce de León
Arquitecto, director de Ponce de León Architects

Trabajar desde la fe

La educación, la familia y la religión. Para el arquitecto Carlos Ponce de León estas son los tres pilares básicos sobre los cuales los adultos debemos trabajar para construir el futuro de los más chicos. “Las instituciones tienen un rol fundamental. Todo empieza por la familia y por uno mismo y sin duda alguna por quienes nos educan. La educación es básica, la religión también. Sin ellas no vamos a ningún lado”, enfatiza el director del estudio Ponce de León Architects, quien además asegura que le gustaría que sus hijos “puedan vivir en un mundo más solidario, que tenga más paz. Un mundo que no tenga guerras, un mundo mucho más seguro, con alimentos para todos, con salud para todos, sin barreras entre continentes y razas, sin gente que muera de hambre o luchando en una guerra absurda generada por algunos dementes. Creo que ese mundo es posible en la medida que el ser humano comprenda que debe ser mucho más solidario y debe ayudar siempre a su prójimo. Hasta que no entendamos esto mucho no vamos a mejorar”.

Convencido de la necesidad de que cada uno aporte su granito de arena “en la medida que pueda y desde donde pueda”, Ponce reconoce que en general los adultos “somos egoístas y no nos fijamos en lo que pueden necesitar nuestros hermanos”, motivo por el cual cree que “siempre debemos cuestionarnos cómo podemos ayudar al prójimo, porque siempre hay un poco más que podemos hacer”.

Si piensa en lo que tuvo en su propia infancia y lo compara con la forma en la que transcurre la vida de los niños de hoy, reconoce que seguramente su niñez fue “más segura y más tranquila”, por el simple hecho de no haber tenido que vivir “encerrados en casas o departamentos como vivimos hoy en día, rodeados de delincuencia y de malos hábitos. Quizás también teníamos un mundo menos tecnológico, pero seguramente más calmo que el mundo de vorágine que tenemos hoy. Disfrutábamos de las pequeñas cosas de la vida, sencillas y simples”.

Entre las mayores dificultades para acceder a un mundo mejor, señala la falta de capacidades para “generar algo tan sencillo como educación, salud y trabajo”. “Uruguay es un país chico que tiene todo para ser un país perfecto, pero estamos muy lejos de ello. Tenemos mucho en lo que trabajar, la sociedad toda. No podemos vivir en la violencia en la que vivimos. Tenemos limitaciones que se sortean con la ayuda de todos, este es un esfuerzo colectivo, no son esfuerzos aislados los que debemos hacer, aunque los esfuerzos aislados de muchos hacen al todo”, reconoce.

Otro aspecto en el que pone énfasis es el futuro ambiental del planeta. “Creo que la ecología es un tema de supervivencia para el ser humano. No podemos destruir nuestro mundo como lo hemos hecho hasta ahora. Debemos ser mucho más controladores de lo que hacemos con el entorno que nos rodea”.

En el plano de las preocupaciones de este profesional formado en el país y que actualmente está construyendo buena parte de las obras más bellas que conocerán los niños de hoy y heredarán adultos del mañana, está la tendencia a estar siempre conectados y en aparente contacto, tendencia que también se percibe en los más chicos. “La conectividad que nos envuelve hoy es fantástica y también es atrapante. Es increíble cómo ha cambiado nuestras vidas en los últimos 15 años. Y cuesta aun soñar cómo cambiará en los próximos 10 años. Por eso esta hiperconectividad que vivimos me parece muy positiva en la medida que la utilicemos para hacer el bien y nos ayude a progresar”.

Ferviente católico y convencido de que la religión es un verdadero soporte para los seres humanos de todas las edades, Ponce de León se define como “creyente en Dios y en Jesucristo”, aunque admite que “querría tener más fe”, porque asegura, “la fe es algo muy personal, cada persona debe fomentarla, debe trabajarla. La religión ayuda y mucho”.

 

Florencia Flanagan

Con la fe puesta en las fuerzas de cambio

“Un mundo en el cual cada quien se haga cargo y tome la responsabilidad de ocupar su lugar, desde su mirada única e intransferible. Un mundo donde el respeto, la confianza, la inclusión y la pertenencia a la comunidad sean el modo natural que tengan las personas para relacionarse”. Ni más ni menos que estas características tendría el mundo ideal que desea para las nuevas generaciones la artista visual Florencia Flanagan, también conocida como “florf”. Lo mejor es que también mantiene la esperanza de llegar a ver ese mundo, pero si no es así no importa, seguramente lo verá su hija que hoy tiene seis años, o los hijos de su hija.

Las expectativas tienen que ver con que florf, de 44 años, desea y confía en que este modo de vida actual al que describe como “individual, material, basado en la lógica de la separación”, será una etapa de la humanidad que dejaremos atrás para darle lugar a “un mundo en el cual los humanos hayamos comprendido que no somos el centro del círculo de la vida, que el otro no es quién tiene la culpa, que no tiene que haber siempre una víctima y un victimario, que somos una parte más de un todo que está en permanente relación”.

La confianza de florf para alcanzar ese mundo está basada en “las personas y colectivos sociales que están trabajando a favor de la ecología, de la tierra, de los cultivos orgánicos, de la construcción biodinámica, del reciclaje, del desarmamiento nuclear, del respeto por la diversidad étnica, racial, sexual y religiosa”, y en los muchos que están realizando prácticas meditativas, recuperando saberes y prácticas ancestrales.

Aún cuando reconoce que “en tanto avanzan las fuerzas luminosas, también se recrudecen las fuerzas del poder”, a esta artista le gusta pensar en lo que plantea Rupert Sheldrake, biólogo teorético que cuenta acerca de la teoría del centésimo mono, algo así como que un mono en una isla empieza a cambiar sus hábitos alimenticios, de a poco empiezan a cambiar los monos de su familia, los que lo rodean, los de la isla en la que habitan y los de las islas de su alrededor. Un día, cuando el mono 100 cambia, hay un salto cuántico que hace que todos los monos cambien su conducta, pero para esto se necesitó de los anteriores 99 individuos. En su intento por aplicar esta teoría al género humano, Florencia se pregunta: “¿Será que cuando haya determinado número de personas que hayan cambiado su modo de vivir, toda esa fuerza de cambio tomará tanta potencia que habrá una profunda transformación en nuestra cultura? Me inclino a pensar que así será”, confiesa.

Entretanto, se alinea con la idea de que el único mundo que uno puede cambiar es el propio, que cada uno de nosotros contiene en su interior un microcosmos, un universo en miniatura que es idéntico al macro y que es donde encontraremos las respuestas que guiarán nuestro camino. “Me gusta el concepto de que no tengo una vida sino que la vida me tiene a mí, que llegó a mí a través de mis ancestros y mis padres, que fluye en mi a través de mi cuerpo y que a través de él tengo la oportunidad de continuarla en mi hija y ella a su vez en sus hijos. Y que por encima de todo ¡la vida es sagrada!”.

Lejos de levantar banderas a favor de las mujeres, Florencia entiende que tras 5000 años de cultura patriarcal llegó la hora de equilibrar las energías femeninas y masculinas. “Cuando pienso en femenino y masculino pienso en los orígenes del universo, en dos energías opuestas que han sustentado toda la creación y como dicen los yoguis refiriéndose a shiva y shakti: son los dos polos de le energía eléctrica necesarios para que se haga la luz y toda creación sea posible. Esas energías pueden y me parece óptimo que adquieran diversos modos, formas y formatos y por supuesto que están incluídos todos los nuevos géneros que hoy están por fin teniendo un lugar. Pero, por lo menos hasta ahora, todos devenimos de un padre y una madre, y esas dos energías están interactuando en una danza permanente”.

Por Adriana Trinidad

 
NOTA: Todas la fotos tienen derechos reservados de autor.
 
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