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Agosto 2013
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Agosto 2012
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Mayo 2012
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Fortalecer la hermandad

Sentir celos de un hermano. ¿A quién no le ha pasado? Este sentimiento perturbador y desagradable surge muchas veces en niños pequeños ante la llegada de un bebé, pero también es muy común ver tensiones por celos mal resueltos que perduran durante toda la vida y que -aunque nadie los admite- dividen familias enteras y siguen provocando sufrimiento aún en personas adultas. Ante esto, ¿cómo administrar a tiempo esta disputa por el amor de los padres para minimizar su enorme poder destructivo? ¿Cómo enseñar a nuestros hijos a ejercitar desde niños la generosidad? ¿Cómo aprender nosotros mismos -para luego transmitírselo a ellos- el saludable hábito de ponerse en el lugar de ofrecer y no tanto en el de reclamar?


“Mamá, ¿podés matar a Mateo?”, le preguntó Santino de 4 años a su madre mientras le daba el beso de las buenas noches, frente a la cama de su hermano de 6 que estaba despierto escuchando la conversación. “Dale, por favor…”, insistió, tratando de convencerla. Su madre miró a Mateo nerviosa, ante el pedido que acababa de escuchar, pero éste se sonrió y con mucha naturalidad le dijo: “Le pasa lo mismo que a mí con Martín”, aludiendo a su hermano menor, de 2 años. Santino todavía está procesando el nacimiento de su último hermano, cuando dos semanas atrás Mateo se quebró la pierna. Entonces empezaron a llegar visitas con regalos para el mayor y está claro que su hermano apenas lo puede soportar.
“Por supuesto que también está planificando su quebradura”, contó María Laura, mamá de los niños, intentando sobrellevar la situación.

Las historias vinculadas a los celos entre hermanos son tan variadas y antiguas como la vida misma. Cuenta la Biblia que los celos llevaron a los famosos hermanos Caín y Abel a matarse (efectivamente) entre sí. Caín era el primogénito de Adán y Eva y se dedicaba a la agricultura. Abel, su hermano menor, era pastor. El día que ambos presentaron sus sacrificios ante Dios, éste prefirió el de Abel. Entonces Caín enloqueció de celos y asesinó a su hermano.

Si levantamos la vista en nuestra vida cotidiana felizmente no llegamos a estos extremos pero seguramente todos hemos oído reclamos del tipo “él es tu hijo preferido”, o “lo llamaste a él antes que a mí cuando estabas de viaje”, entre tantas otras recriminaciones que atrás del “chiste”, esconden sentimientos. Sentimientos que se originan en los rincones más básicos de cada ser, pero sentimientos al fin. Humanos y universales.

Reacción ante el peligro
“Los celos surgen de la creencia, en general irracional, de que no somos correspondidos por una figura significativa para nosotros. Es un sentimiento ‘subsidiario’ de dos emociones primitivas: el miedo y la ira”, explica el Dr. Ariel Gold, psiquiatra de niños y adolescentes. En el caso de los niños pequeños, el nacimiento de un hermano puede vivirse como el riesgo de perder el amor que necesita de quien lo ama y cuida. Vale destacar que “la” preocupación del niño pequeño es sobrevivir y hay una percepción innata de que esto depende de un cuidador, es decir, de sus padres. “Así, los celos son el motor que activan mecanismos de defensa ante este peligro. Depende cómo se desarrollen estos mecanismos para determinar si esta vivencia tendrá consecuencias negativas, neutras o positivas”, señala Gold.

A propósito de las negativas, abundan los ejemplos. Si vamos una o dos generaciones atrás en el tiempo encontraremos numerosas familias donde se hacían diferencias enormes entre los hijos, generando rivalidades encendidas y dolores profundos.

Jorge tiene 74 años y todavía recuerda una niñez muy difícil. Criado en una familia de seis hermanos, cuenta que las diferencias que hacía su padre en el trato de unos y otros eran tremendas. “Sus hijos predilectos eran los dos varones menores, al punto que cuando nos compraba ropa, a ellos los llevaba a las mejores tiendas y al resto a una de segunda mano. Cada vez que iba al centro traía masitas, pero ya sabíamos que eran para él y los dos menores. Al resto no nos daba”, cuenta. Además, tenía adjudicadas tareas de la casa que los demás no. Cada noche debía cerrar todos los postigos, mientras que en las mañanas estaba obligado a levantarse tempranísimo para lavar el zaguán, acompañar a su madre a misa y luego recién unirse a sus hermanos para ir al colegio. No es de extrañar que años después, estuvo mucho tiempo distanciado de sus hermanos.

Entre las mujeres, las dos hermanas mayores, Hilda y Teresa, rivalizaron toda la vida. Se pelearon siempre de chicas al punto que cerraban con candado sus roperos y cuando el tiempo pasó, siguieron con riñas de adultas, hasta llegar a lanzarse zapatos por la cabeza. “Hilda nunca pudo superar los celos que sintió con el nacimiento de Teresa”, cuenta una allegada que conoce bien a la familia. Estas mujeres, que hoy rondan los 80 años, no pueden reunirse en un evento familiar porque al poco rato todos saben que terminan gritando y discutiendo por política.

Si husmeamos en el mundo artístico, encontramos otro semillero de casos. En la historia del rock, por ejemplo, hay una larga tradición de hermanos peleados por celos. Quizá uno de los casos más emblemáticos es el de los hermanos Liam y Noel Gallagher de la banda británica Oasis. Famosos por sus constantes riñas entre sí, estos hermanos llegaron al punto de tirarse panderetas durante las actuaciones o directamente cancelar presentaciones minutos antes del comienzo de un concierto, dejando a 30.000 fans esperando en un estadio. Así, tras 18 años de disputas, finalmente la mala relación entre ellos llevó a la disolución de Oasis en agosto de 2009 y Liam y Noel se desearon lo peor públicamente. Así viven hasta hoy.

Cuestión de crianza
“En el caso de los niños, el vínculo constructivo con su madre, que lo cuida pero lo deja crecer, que es faro seguro para animarlo a descubrir el mundo pero a la vez puerto seguro ante el peligro, es lo que llamamos ‘apego seguro’. Esta forma de vincularse es una especie de protección –no contra los celos, que igual surgirán- pero sí contra las consecuencias negativas de estos”, explica Gold. También aclara que, como siempre, la forma en que se procesan estos sentimientos dependen de dos factores: lo que cada uno trae congénitamente y la influencia del ambiente. Digamos que el primero es lo que nos toca en el reparto y hay menos margen de acción, pero frente al segundo los seres queridos tienen un rol fundamental a jugar. “Un niño con apego seguro no está blindado contra los celos, pero sí tiene una probabilidad importante de que ese sentimiento desagradable le de la oportunidad de dominar otros, y no solo anularnos sino además transformarlos en constructivos”, destaca. Estos niños, agrega, seguramente desarrollen una convicción de que el peligro de pérdida existe pero es inofensivo.

La psicóloga Fanny Berger coincide en que la crianza es decisiva en el manejo de los celos. Los padres –dicetienen una gran responsabilidad primero en no comparar a sus hijos, ni para bien ni para mal. “Si uno es el responsable y el otro el irresponsable, uno el tranquilo y el otro el inquieto, ya empezamos mal porque hay un rol adjudicado. El niño, que aún no tiene la personalidad desarrollada, escucha ese rol y lo juega. Esto tiene un precio muy alto porque el inteligente vive exigiéndose para cumplir con su papel, y el otro queda en desventaja y no desarrolla habilidades debido al rol que le tocó. La consecuencia es que sufren los dos, el desvalorizado y el exaltado”, señala.

En segundo lugar, dice la especialista, muy a menudo los padres no son conscientes de sus propios rasgos, y muchas veces cuando éstos aparecen en un hijo y se ven reflejados, no lo toleran, lo critican con dureza y lo destratan, idealizando al hermano que no presenta esta cualidad de sí mismos que los irrita. “Esto es clave porque deja un terreno fértil para cultivar los celos”, destaca Berger. Por el contrario, quienes pueden ser sinceros consigo mismos y animarse a analizar qué pasa con ese rasgo que se critica tanto en un hijo, tendrán mayores posibilidades de guiarlos por un camino sano. “Si mi hijo es agresivo, vale preguntarse ¿qué me pasa a mí con la agresividad?”, ejemplifica la psicóloga.

Mariana es madre de tres hijos varones: Manuel de 8 años, Pedro de 6 y Nicolás de 4. Tiempo atrás hizo una consulta con una terapeuta preocupada por la rivalidad entre sus hijos y la excesiva competencia entre ellos. Así descubrió parte de su propia personalidad, algo que no tenía presente hasta el momento. “Entendí que sin darme cuenta, yo también fomentaba eso. Les proponía carreras todo el tiempo, o distintos tipos de competencias. Una tarde, intentando buscar alternativas, los invité a dibujar. Sin embargo, cuando me preguntaron qué hacer, me salió del alma: ‘¡Una carrera de caracoles!’”, cuenta entre risas, pero asumiendo su tajada.

No en vano la terapeuta familiar argentina Laura Gutman titula uno de sus libros La maternidad o el encuentro con la propio sombra. Allí destaca: “El nacimiento de un segundo hijo merece un trabajo de conciencia superlativo en la madre, ya que, al haber dos niños, inconscientemente proyectamos nuestra polaridad, creyendo que uno es el bueno y otro el malo. Años más tarde habrá rivalidad entre hermanos ya que se disputarán el amor de sus padres, cuando en realidad no se trata de amor sino de proyección. Si como adultos nos hacemos cargo de nuestra ambivalencia (que es personal e íntima), liberamos a los niños hacia su propia constitución de su ser esencial”, dice.

Así, Gutman apunta al tercer “antídoto” que propone Fanny Berger para luchar contra los celos mal entendidos: detenerse en la esencia particular de cada criatura. “Tenemos que mirar al hijo total, con las luces y las sombras, sin perder su esencia y recordar que cada niño es diferente”, destaca.

Tan distintos pueden llegar a ser los niños, que aún criados bajo las mismas condiciones, uno puede padecer los celos mucho más que otro. Una madre de tres hijos cuenta su experiencia en un foro de psicología en Internet. “Mi hijo de 7 años es muy celoso de su hermana mayor. No le damos motivos ya que los dos reciben la misma atención, son muy capaces ambos, cuidamos que los elogios sean siempre al mismo nivel, no hacemos diferencias, jugamos y estamos con los tres por igual. Pero él desde muy pequeño vive midiendo el tamaño de los regalos, si le compran o no le compran, la intensidad de un reto, si su plato es servido antes o después, si su papá lo saluda primero o no al llegar, el tiempo que se juega con uno y con el otro. Por supuesto que no por eso es saludado antes, o le sirvo primero su plato, porque quiero que entienda que eso nada tiene que ver con el amor que sentimos por cada uno, pero cabe aclarar que de mis tres niños, él es el único así. (…) Me pone triste porque temo que cuando sea más grande se ponga peor y sufra mucho sin necesidad”, relata.

Fanny Berger reflexiona a propósito de este caso. “Es muy común ver que el niño necesita A y los padres –con la mejor intenciónle dan B. Cuando hay un niño tan celoso como lo cuenta esta madre, hay que detenerse a observar por qué demanda tanto. Necesita algo que no se lo están dando”, señala, y obviamente se refiere a aspectos afectivos, no materiales.

Desde la perspectiva de los padres, también es cierto que muchas veces se hace un enorme esfuerzo por ser lo más equitativos posibles y aún así no se consiguen resultados. Los hijos se siguen quejando, y los mayores terminan doblemente cansados y frustrados. Los entendidos coinciden en que si bien no hay que hacer diferencias ni comparaciones como sucedía otrora, esforzarse en la total equidad no tiene sentido, ya que todos necesitan cosas distintas. “Los niños quieren ser tratados individualmente, no igualmente”, apunta el doctor estadounidense William Sears, pediatra, especialista en crianza y padre de ocho hijos. “No se castiguen intentando ser 100% justos, porque por más que se esfuercen no lo van a conseguir”, recomienda en uno de sus artículos. En su opinión, cuando hay dos hermanos que miden con exceso las actitudes de sus padres lo ideal es no entrar en el juego. Así, pone como ejemplo el día que dos de sus niños empezaron a contar la cantidad de arvejas que les había servido en el plato. “Si querían llevar adelante ese ejercicio ridículo, era su opción. Nosotros como padres no podíamos entrar en eso”, recuerda.


¿Qué hacer con la afinidad?

Si bien hoy todos sabemos que hacer diferencias entre los hijos, beneficiando a unos y desvalorizando a otros, es totalmente contraproducente para su crianza, también es cierto que muchos padres sienten mayor afinidad por uno u otro de sus chicos. Muchas veces tiene que ver con el carácter de ambos, los gustos, el tipo de humor, la facilidad con que pueden entablar un diálogo, etc. “La afinidad es visceral”, explica la psicoterapeuta de adultos, niños y adolescentes Fanny Berger, “no tenemos que sentirnos culpables por eso”. Eso sí, agrega, “como padres, debemos chequear constantemente con nosotros mismos para que esa afinidad no nos lleve a hacer diferencias. Es decir, los límites son los mismos para todos. Por ejemplo, si a las 9 se van a dormir, lo cumplen todos por igual. Y así con el resto de las normas familiares”.

De los celos a la rivalidad
“Yo lo hago mejor que vos”. “Te gané”. “Es mío y no te lo presto”. Empujones, patadas, manotazos, gritos. Estas postales son parte del universo de la rivalidad entre hermanos, otra consecuencia directa de los celos, y sin duda un pasaporte sin escalas al agotamiento y exasperación de los padres.

Sears sostiene que la rivalidad entre hermanos primero hay que aceptarla como parte de tener hijos, y luego intervenir para manejarla de la mejor forma. Fanny Berger, por otra parte, insiste sobre mostrarle al niño sus talentos y ayudarlo a que deje de mirar constantemente afuera, para centrarse en él nuevamente. “Si hay dos hermanos varones y uno dice ‘Mirá mamá todos los goles que hace Fulano y yo no puedo, no me salen’. Lo primero es no mentir, ni negar; no consolarlo con falsedades que le creen expectativas injustificadas. Si el hermano es bueno en el fútbol y él no, es una realidad que hay que aceptar, pero sí podemos aumentar su autoestima y destacar otra cualidad en él diciéndole: ‘Sí, tu hermano es muy bueno en fútbol y vos sos muy bueno dibujando’. Esto los ayuda a aceptar sus luces y sus sombras y a entender la realidad. Así es la vida”, destaca.

Lo cierto es que la mayoría de los padres se afligen mucho al ver rivalidades entre hermanos que no se terminan de pulir y enseguida surge la pregunta lógica: “¿Se van a detestar toda la vida?”. “Muchas veces, los hermanos que no se llevan bien es porque los padres hicieron diferencias entre ellos”, insiste Berger. Sin embargo, también admite que hay algunos que no desarrollan una gran relación y los padres tampoco deben forzarlos. “Los celos son inevitables pero los padres deben ayudar a que no se vuelvan patológicos”, destaca la especialista.

En el mismo sentido, Ariel Gold explica que cuando los celos se prolongan en el tiempo, las reacciones son exageradas y se percibe que la calidad de vida del niño está siendo afectada por este malestar, se recomienda una consulta profesional, ya que en estos casos, normalmente los mecanismos de compensación están fallando y se puede afectar el desarrollo emocional del pequeño.

Claro está que hay mucho por hacer desde el principio. Laura Gutman lo pone de este modo: “Cuando nace un hermanito, en lugar de buscar siempre lo que el niño quiere recibir, saturándolo de regalos y atendiendo cualquier pedido desmedido, pongámoslo en el lugar de ofrecer. Los hermanos nos permiten ejercitar el arte de amar porque son los pares más cercanos en nuestra vida afectiva. (…) Somos los padres los que tenemos que priorizar el desenvolvimiento de esta virtud. Entonces, en lugar de echar a los chicos para que no molesten, integrémoslos pidiéndoles colaboraciones de acuerdo a su edad: que nos alcancen un pañal o nos avisen si el bebé se despertó”, explica. “El nacimiento de un bebé –agrega- permite a los adultos ejercer la tarea de fortalecer la hermandad, (…) ya que la generosidad hay que aprenderla siendo niños, para tener allanado el camino y dispuesto el corazón”.

Goldman, enfatiza en el tipo de vínculo que desarrollan los padres con sus hijos y dice que si la relación se basa en el “Amor, Respeto, Tiempo y Empatía, esto es, si se ejercita el A.R.T.E de Educar estando físicamente presentes y emocionalmente disponibles”, los padres encontrarán las mejores herramientas para ayudar a sus hijos de la forma más sana posible.


La “traición” de un segundo hijo

Tener un hermano es uno de los sucesos más estresantes en la vida de los niños pequeños, sobre todo cuando es el primero, explica la psiquiatra Natalia Trenchi, especializada en niños y adolescentes, en su libro Tus hijos hoy. “Pero también es un sacudón necesario y bienvenido”, destaca. La verdad es que el sacudón no es sólo para el niño, sino también y muy intenso para las madres. La terapeuta familiar argentina Laura Gutman saca el foco por un momento sobre los pequeños y lo centra sobre las mamás y los sentimientos ambivalentes que genera la llegada de otro hijo. Antes de dar a luz a un segundo bebe muchas miran al primero y sienten que le van a arruinar la vida. Ileana, madre de tres niños, todavía recuerda el momento en que su primer hijo entró al sanatorio a conocer a su hermana.
“Sentí que le estaba siendo infiel, así no más”, cuenta. Analía, otra madre de dos niños, pasó por cosas parecidas. “Lo miraba jugar en casa y pensaba ‘pobrecito, todo lo que se le viene’, y a la vez me preguntaba, ‘¿podré querer a otro tanto como a él?’”. La respuesta llega con el tiempo y nadie duda de las sabias palabras de la psicoanalista francesa Francoise Dolto cuando decía “el corazón de las madres se multiplica con cada hijo que nace”. Gran verdad. Pero las fantasías previas se generan igual y, como dice Gutman, muchas veces “la sensación de placer está unida con el miedo, la alegría y la preocupación”.

“El problema radica –agrega- en que se carga a los niños con los aspectos negativos –‘está celoso, irritable’- y a las madres con los positivos –‘eternamente feliz, radiante, satisfecha’-, cuando en realidad sería más saludable que todos se hicieran cargo de la parte de alegría y de la parte de frustración que le toca a cada uno con el nacimiento de un nuevo miembro de la familia”.

A propósito de la culpa de “traicionar” al primer hijo con la llegada de un hermano, la psiquiatra y psicoterapeuta de niños Natalia Trenchi opina que lo primero es que los padres se deshagan de ella antes de transmitírsela al niño. “Ellos captan qué se les dice y cómo, y es allí donde sacan muchas conclusiones”, recuerda en su libro Tus hijos hoy.

Por su parte, la psicóloga Fanny Berguer es contundente: “Pobrecito nada”. “Una de las formas de criar hijos sanos y fuertes emocionalmente es aprender a bancarse la frustración. Y sí, a cualquier niño lo frustra que nazca un hermano que lo saca de su lugar de privilegio, pero si lo dejamos en el lugar de pobrecito es muy difícil ponerle límites. En cambio, tenemos que ayudarlo a transitar esa frustración de manera positiva. Los padres tienen que tener presente que el sufrimiento es inevitable en la vida. Nuestro rol es mostrarle el rumbo, no quitarle las piedras del camino”, explica.

Por Cecilia Bonino

 
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