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Que las mesas también celebren

“Somos lo que comemos”, dijo el filósofo alemán Ludwig Feuerbach en el siglo XIX. Si hoy Ludwig viera los cumpleaños infantiles habría que preguntarle qué somos. Las celebraciones están repletas de snacks, pizzas, panchos, hamburguesas, gaseosas y kilos de caramelos. Traduciendo, estas fiestas se han transformado en un concentrado de grasa, azúcar, sal y carbohidratos fuera de serie. Esta realidad, sumada a que los festejos dejaron de ser algo tan excepcional, y que en promedio muchos escolares hoy asisten a un cumpleaños por semana o más, justifica volver a preguntarse: ¿qué comen nuestros hijos mientras celebran? ¿Por qué los padres -para quienes sus pequeños son lo más amado del mundo- eligen alimentos para festejar que, en vez de sumar a su salud, restan? ¿Es desinformación, comodidad, o inercia?


Unos 20 o 30 años atrás los cumpleaños se preparaban en los hogares. Con la ayuda de alguna tía o abuela, se cocinaban alfajores de maicena, merengues, plantillas y rosquitas de maicena. Hasta se veían tortas Pascualina y la infaltable torta de jamón y queso. “Antes cocinábamos una semana entera para los cumpleaños de los niños”, recuerda la nutricionista Lucía Pérez Castells, con varios nietos en su haber. A eso se sumaba un ramillete de globos, un mantel colorido, y la torta, medio chueca, que por supuesto también se había horneado en la cocina familiar. Tomar gaseosas era una fiesta, y con un vaso, cualquiera estaba agradecido. En aquella época, directamente no existía la posibilidad de comprar todo listo como sucede hoy. Los tiempos cambiaron, no hay duda, y bienvenido sea. Ahora existe una gran variedad de oferta de productos y servicios que simplifican mucho la organización del festejo, aunque a veces se ven extremos que disparan luces amarillas.

Los más chiquitos a menudo celebran en los jardines de infantes, mientras que los grandes ya salen a los locales preparados para dar este servicio. La industria de los festejos se ha desarrollado mucho y actualmente, cheque de por medio, es posible lograr una fiesta a toda pompa sin tener que mover un dedo. Esto es comprensible al considerar que la mayoría de las familias no cuentan con espacio en sus casas para atender a sus invitados, ni tiempo –ni ganas- para preparar comida casera. La contrapartida, sin embargo, es que los festejos están sumamente estandarizados, y antes de llegar ya se puede predecir cómo será y qué comerán los pequeños invitados. La fuente de snacks no falta en ningún lado. Es “hola” y las papas fritas. La mayoría de los locales las incluyen en el menú básico –que es el más barato y el más pedido-, junto con el alquiler del salón. “Canilla libre de gaseosa, cheezitos y papas” es algo que se escucha mucho cuando se busca un sitio para el festejo. Luego se suman pizzetas, panchos, sándwiches, nuggets, y hamburguesas dependiendo del monto del cheque entregado previamente. En algunos sitios, sin embargo, destacan que no sirven cheezitos “porque son una porquería y tienen feo olor”. ¿Y papas? “Sí, papas sí, porque hoy no existe un cumpleaños sin papas”, advierten, sin dejar la menor chance de alternativa.

Finalmente a todo esto se suma el algodón de azúcar, la mesa de golosinas, las gaseosas, la piñata y la torta. La torta infantil merece un comentario aparte. Pasó de ser otrora la vedette del cumpleaños –nadie se iba sin probarla-, a que hoy la traten con grandes dosis de indiferencia. “Queda casi intacta, casi no se come”, cuentan una tras otra las encargadas de distintos salones de festejos. En cambio, los snacks no sólo se comen, sino que se devoran con desesperación. “Los niños se acercan a la fuente y se llenan las manos, se ponen uno en cada dedo y comen parados sin moverse de ahí, con mucha ansiedad. Sin duda es lo que más reponemos en los festejos”, coinciden. Esto no es casualidad. Lucía Pérez Castells, nutricionista y directora de Nutriguía y especializada en obesidad, explica que esos productos “producen una adicción”. “El logo de uno de ellos dice ‘es imposible comer uno solo’. Y es realmente imposible”, por eso no la sorprende que los niños se comporten de ese modo.

Por su parte, la licenciada en Nutrición Luciana Lasus, destaca que los menúes infantiles de los cumpleaños “son 100% disfrutables y 0% saludables”. No obstante, cree que “si existe una ocasión de consumo para los snacks, esa es un festejo”, que es algo excepcional. “Esa vez vale lo que no vale el resto de la semana. En la merienda de la escuela no van snacks, porque ahí estamos generando hábitos, pero tampoco deberían ir galletitas rellenas compradas, alfajores o bizcochos, que son nutricionalmente similares a los snacks”, dice.

En la línea del “sólo por hoy” están muchos padres, que saben que estos alimentos no son saludables, pero entienden que es “por esta vez”. “La verdad es que en el cumpleaños de mis hijos lo único que comen son porquerías, pero no me importa nada porque es un día. No les voy a dar sushi”, dice Verónica, una madre de dos niños de 6 y 2 años que sí se preocupa por la comida sana y casera durante el resto de la semana. “Los míos juegan y no comen, así que no me importa”, sostiene María, mamá de cuatro chicos. Silvia, que tiene dos varones de 8 y 4 años, también entiende que la oferta gastronómica de los festejos es correcta, y no la cambiaría. “No pretendo más que eso, la verdad es que yo en los cumpleaños de mis hijos sirvo lo mismo. Y bueno, es una vez”, dice.

Sin embargo, “la” vez se ha vuelto más frecuente en los últimos años. “A veces tenés cuatro cumpleaños en un fin de semana”, cuenta Elizabeth, una madre de dos niños de 3 y 7 años. Y no es la única. Virginia, con dos niños de 3 y 5 años, cuenta que al entrar al colegio es muy común que los chicos inviten a los compañeros de todos los grupos de su nivel. “Esto hace que mi hijo mayor vaya fácil a un cumpleaños por semana y muchas veces a dos”, cuenta. Pero además a todo esto se le agrega el Día del Niño, del Abuelo, el festejo de la Primavera, la pasadita por la cantina del club donde consumen otros “extras”, los asados y festejos familiares, donde también aparecen estos alimentos, o incluso alguna abuela permisiva con los dulces, los alfajores y las masitas. “Mi hijo sale a pasear diariamente con mi suegra. Aunque lo hemos hablado, no logramos que ella deje de traerle chocolates todos los santos días, y eso que la pediatra ya advirtió que está pasado de peso”, cuenta una madre afligida.

Las cifras hablan solas: uno de cada cuatro niños uruguayos tiene sobrepeso u obesidad, y uno de cada diez son obesos de riesgo médico, es decir, presentan problemas asociados como la hipertensión o la diabetes. Estos datos pertenecen a la Encuesta Nacional de Sobrepeso u Obesidad en Niños y “son una foto clara de lo que está pasando”, dice Lucía Pérez Castells, intentando contextualizar el tema en un marco más amplio.


Cómo comer caramelos

A la hora de comer golosinas, es importante tener en cuenta un par de aspectos. Según explica la odontopediatra Elizabeth Grudzien Barreto, es fundamental que estas sean administradas por los adultos. “Si el niño tiene libre acceso a los dulces comerá en exceso y a discreción durante un largo período de tiempo, mientras que lo preferible es que los coman en el menor tiempo posible, y después se cepillen los dientes de forma efectiva”, señala. Además, a la hora de elegir caramelos, son preferibles los más duros a los pegajosos, ya que estos últimos quedan adheridos a los dientes por mucho más tiempo, lo cual aumenta su agresividad cariogénica efectiva”, explica. Además, a la hora de elegir dulces, son preferibles los duros a los masticables, ya que una vez terminados resulta más fácil higienizarse.

¿Quién pone el freno?
Está bastante aceptado que los festejos en los salones ofrecen menúes estandarizados y monótonos para los niños, pero también hay que admitir que tienen éxito, porque por algo existen y funcionan. Lo que llama la atención es que muchos padres que en sus casas hacen verdaderos esfuerzos por educar a sus hijos en hábitos alimenticios saludables, una vez afuera sienten que no pueden con eso. Virginia es una de ellas: “Soy histérica con las comidas en mi casa, cocino con ellos todos los fines de semana, pero cuando van a los cumpleaños me excede. Lo que consumen ahí no lo puedo controlar”, explica con razón. Sin embargo, atrás de un festejo siempre hay un padre que paga por el servicio, entonces, ¿por qué no exigir una mayor variedad de opciones?

Algunos argumentan que es una cuestión de dinero. “Para hacer un cumpleaños sano y rico te sale caro. Eso ya es un cumple de grandes”, dice Verónica, y al pasar deja entrever que hay comida clase A y clase B según la edad de la persona. Magdalena, que tienen dos varones de 6 y 8 años, destaca justamente que lo que más le molesta de los menúes infantiles es que les pongan cosas de mala calidad. “Para mí no es lo mismo un pancho berreta que uno con una marca conocida y avalada por bromatología. Lo mismo con los caramelos. Cuando celebramos las fechas de mis hijos prefiero poner pocos y buenos, que muchos y de pésima calidad” , cuenta.

Felicia tiene una mirada crítica sobre el asunto. Es madre de dos niños de 5 y 2 años, y cree que hay una combinación de variables: presupuesto, falta de tiempo y también comodidad por parte de los padres. “Entiendo que la mayoría no tiene tiempo para hacer todo casero, pero creo que es un tema de prioridades. A menudo veo que se dedicaron horas a la decoración y hay sorpresitas temáticas en combinación con el cartel de la entrada, en fin, todo de revista, pero sin embargo la calidad de la comida de los niños es malísima”, dice sin rodeos. Confiesa que le gustaría ver más creatividad a la hora de pensar el menú, con más opciones, sin que eso implique necesariamente que sea tanto más costoso: “Por ejemplo, se puede poner un bowl con pinchitos de frutillas, o bolitas de melón; o simplemente los tradicionales scones y sandwichitos sin tantos conservantes y colorantes”, sugiere. “No estoy hablando de poner apio y zanahoria en los cumpleaños infantiles, pero he comprobado que cuando ofrecés cosas ricas y saludables, los niños las prefieren a la chatarra”, afirma.

Siempre hay alternativas
Si de manejar opciones se trata, las hay y muchas. La nutricionista Pérez Castells desata una batería de alternativas que están al alcance de la mano: alfajores de maicena, arrollado de dulce de leche cortado como “rueditas”, galletitas de avena, magdalenas, merengues, escones, tortas caseras cortadas en bocaditos, frutas bañadas en chocolate o trocitos de frutillas, bananas, y duraznos en almíbar dispuestos de forma atractiva, por ejemplo, formando caritas. También se pueden sumar pebetes con jamón y queso magro, palitos de queso, pizettas chiquititas caseras, pelotitas de ricota y verduras procesadas, cubiertas de pan rallado y hechas al horno, y mini tartitas con masa de empanadas con jamón y queso o verdura pisada.

Lasus, por su parte, agrega a la lista conitos con pop -algo que a los niños les encanta-, potes con pasas de uva y semillas de girasol tostadas. En su rol de madre de dos niños, la nutricionista también sugiere evitar los caramelos en las sorpresitas. De todos modos la especialista no es partidaria de prohibir a rajatabla ningún alimento. Esto, en su opinión, desata una desesperación en los chicos que resulta contraproducente. Se trata –dice– de proponer alimentos y de minimizar el consumo de las menos saludables.

Sumar opciones al vaso
Las bebidas son un capítulo aparte. Hoy lo que más se toma son bebidas cola, pese al alto contenido de azúcar y cafeína que estas contienen. Pérez Castells destaca que “hoy el mayor ingreso de azúcar de las poblaciones son los refrescos”. Si bien entiende que estén como opción en las celebraciones, propone empezar a agregar otras alternativas. “Son preferibles las aguas de frutas y los jugos naturales -que pueden llegar a tener hasta un 30% menos de azúcar que una bebida cola-, y por supuesto el agua. No hay que tenerle miedo a poner una jarra de agua”, asegura. Martina vive en el interior y este tema lo tiene bien estudiado, pues su hijo de 5 años no toma gaseosas, no le gustan. Cada vez que va a un cumpleaños lo manda con su botellita de agua en la mano, ya que si pide, le dicen que “no hay”… ¡agua! No es lo común, es cierto, pero sin embargo, en Montevideo, hay varios lugares que han incorporado el agua a la oferta de bebidas para el festejo. Y el consumo crece. “El 30% de la bebida que toman los niños ya es agua sin gas”, cuenta Analía Mainere, directora de Alegremente, un salón de fiestas de Pocitos.

Bienvenido el cambio
Poco a poco los cambios favorables se están empezando a asomar. Luciana Lasus, a través de su profesión, dice que lo ve diariamente. Las madres también lo sienten. “La educación en las escuelas tiene gran peso a favor de la comida saludable. Mi hijo de 5 años vino del colegio hablando de la comida chatarra y de cuidar los dientes con los caramelos. Me decía ‘si comés porquerías te crece la panza, no podés hacer deporte y te perdés muchas cosas mamá”, cuenta Virginia.

Los salones también están asistiendo a estos cambios que se cultivan en algunos hogares y en muchas escuelas. En Meñique, por ejemplo, donde permiten llevar comida casera si así lo desean, dan fe de que ya hay cumpleaños con menúes preparados enteramente por las familias. “Esto empezó a suceder en el último tiempo y te das cuenta que no es por abaratar”, narra Denisse Neumar, responsable del salón de Buceo.

La vuelta a lo casero está empezando a sentirse, aunque para algunos siempre fue la única opción. Leticia trabaja ocho horas diarias y es la madre de Juan Martín (5) y Alfonsina (3). Siempre les festeja el cumpleaños en su casa porque lo encuentra “más acogedor”. “Encuentro que son festejos con menos ansiedad” que en los salones, dice. Tiene, además, la suerte de contar con un jardín donde hacerlo. Está convencida de la importancia de que los chiquitos ayuden y participen de la preparación de su cumple, en lugar del “compro, compro, compro” de estos días. Prioriza lo casero porque lo encuentra “más fresco y más rico” y encima se ahorra unos pesos.

Las especialistas Pérez Castells y Lasus coinciden en la importancia de volver a la cocina con los hijos. Empezar a ensuciarse juntos. “Sumarlos al proceso es parte de transmitirles el gusto por los alimentos saludables. Hacer una sopa juntos, mostrándoles cada verdura, tiene un valor enorme”, destaca Lasus. Además, cuando ellos participan del proceso es mucho más factible que lo quieran comer una vez listo. Pérez Castells también insiste en que de vez en cuando todos se pueden dar un gusto, pero que en lo cotidiano sería bueno que las familias vuelvan a reunirse entorno a la cocina. “Retomen lo casero; recuerden que cocinar es un acto de amor y que alimentarnos saludablemente es la forma de mantenernos sanos”, destaca, y cita una frase de Hipócrates del año 462 antes de Cristo: “Que el alimento sea tu medicina”. Y que al celebrar, no deje de serla.

Por Cecilia Bonino
Fotos: Lucía Benvenuto

 
NOTA: Todas la fotos tienen derechos reservados de autor.
 
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