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Agosto 2013
Fortalecer la hermandad
¿Qué mundo les dejaremos?
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Carmen: En tus zapatos
Trotamundos: Manuela de Agrela
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los cuentos?
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Diciembre 2012
Trastornos de alimentación
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Que las mesas también celebren
Entrevista: Carlos González
Carmen: Nútreme mucho
Trotamundos: Florencia Delbene
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Plan de acción: Inteligencia financiera
Vibraciones de sabor
Coaching: María B. Settembri
Estilo: ¡A jugar se ha dicho!
Tiempo nuestro
Mini Tips
Agosto 2012
Entrevista: Así educan ellas
Plan de acción: El Arte de vivir
Aprender juntos nos hace bien
Educación: Colegio Rudolf Steiner
Carmen: ¡Waldorf en Montevideo!
Trotamundos: Mónica Mariño en Italia
Álbum familiar: “El Pelado” López
Tiempo nuestro
Mayo 2012
El precio de la perfección
Entrevista: Sol Rueda
Trotamundos: Ximena Torres
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Mom in the city
Árboles familiares
Plan de acción: Hora de deberes
Tiempo nuestro
Álbum familiar: María Gomensoro
Diciembre 2011
Un maestro de la cocina
Acoso virtual, problema real
¡Hola Kitty! (otra vez)
Top Ten "juguetes del año"
Perfil: Martina Lorenti

Así educan ellas.

Son seis mujeres muy diferentes entre sí pero con una intensa tarea en común: la maternidad. Pese a la diversidad de matices y estilos, todas tienen similares dudas a la hora de educar a sus hijos y todas desean lo mejor para ellos. Aquí cada madre nos cuenta cuáles son sus claves.

Lucía Ortiz



Entrenadora de hockey y madre de cuatro varones (de 8, 6, 2 y 1 año), Lucía se destaca por lo práctica. También por ser una firme convencida de la importancia de los hábitos y las rutinas en materia de educación. Entre sus claves prima el sentido común, un valor que a veces los padres de hoy perdemos con tanta teoría y manual pedagógico. Directa y sin vueltas, no duda en aplicar viejos recursos como la clásica penitencia o terminar una discusión con alguno de sus hijos apelando a la categórica sentencia: “Porque lo digo yo”. Y punto.

Que no quemen etapas
“Creo que lo mejor para mis hijos es que tengan una infancia feliz, que entiendan lo que es el concepto de familia. Me preocupa que no quemen etapas: que el niño sea niño, respetar a cada uno sus tiempos. Cada chico es distinto. Yo que tengo cuatro, no puedo tratarlos idéntico, tienen diferentes personalidades, también uno mismo va cambiando. Me importa que vivan la vida con sus buenos momentos y también con sus frustraciones. No pretendo que sean siempre felices. Hay momentos de estar enojado, de tener rabia, de sentir tristeza. Hoy los padres los bombardeamos ya desde la panza. Queremos estimularlos, nos cuestionamos todo el tiempo qué les estará pasando, nos preocupamos porque tengan todo a mano. Así no hacemos otra cosa que exigirles. Yo me acuerdo que de niña armaba una batería con ollas y unos palos; ahora v amos y se la compramos. Dejémoslos tranquilos, dejémoslos que se aburran, que aprendan a estar solos, a jugar con sus hermanos”.

Tener claro dónde estamos parados
“Es imposible que en la sociedad de hoy a los padres no se nos planteen todo el tiempo dudas. Si uno se deja influenciar, el entorno te va llevando. Uno mismo se tienta con el último modelo del Wii. Mi marido y yo tratamos de poner un freno y preguntarnos qué necesidad hay de que tengan todo si ellos con una pelota se arreglan. Los niños en general son dóciles. Si uno quiere que estén afuera porque está lindo de alguna forma los incentivás o si al revés, sembraste el jardín y querés que estén adentro también los impulsás. En lo bueno y en lo malo los padres somos siempre los que estamos influyéndolos”.

La rutina, su mejor aliada
“En materia de límites, para mi los hábitos son la clave. Te llevan a un orden. Los límites los establezco hablando, hablando y hablando. ¡Aunque también hay veces que nada mejor que un buen pellizcón! Penitencia re uso. Mis hijos tienen claros los límites desde chiquitos. Saben que hay que dormirse solos y que no se pueden pasar a la cama de sus padres. Es mucho más fácil no poner límites pero después me parece que te desborda el caos. A veces me parece que las madres creemos que todo tenemos que hacerlo nosotras y nadie podrá hacerlo igual; si yo no estoy en casa la rutina de los chicos funciona igual, no me creo imprescindible. Soy organizada pero flexible. Si veo que estoy haciendo algo mal, voy y lo cambio. No soy necia, si me doy cuenta que le estoy errando, cedo”.

La cotidiana, el gran desafío
“Con Martín (su marido) pensamos igual respecto a ideales y valores aunque obviamente como la mayoría de los padres, tenemos nuestras diferencias. Tratamos de no discutir frente a ellos pero claro que a veces actuamos impulsivamente. La cotidiana es una prueba constante porque no hay una situación igual a la otra. En la diaria hacés lo que la situación te lleva. Trato que sea para todos lo más parecido posible. No le tiro la pelota al padre, al revés. Soy la mala”.

Árbitros más que pares
“Pienso que los chicos tienen que saber que hay una autoridad, un adulto al que hay que respetar, sean sus padres, la señora que los cuida, la tía. Si en la casa predomina la horizontalidad, ¿cómo hacés para que afuera respeten? A la hora de los juegos, no soy de las mamás que se pasan todo el tiempo tiradas en el suelo con ellos. Sí los estimulo a que ellos jueguen entre sí, sí me preocupo porque se den las condiciones, el lugar, que los juguetes estén en orden y que luego ellos, naturalmente, interactúen. Marco los juegos desde un rol más de árbitro. Creo que no podés ser par”.


Laura Hartwich

Nacida en Young, Laura tiene cinco hijos (9, 7, 6, 4 y 2 años). Contadora,
dirige una empresa en Río Negro junto a su marido escocés. El ritmo
del Interior, asegura, sintoniza con el tipo de vida que quiere para sus
hijos: en contacto con la naturaleza y con menos acceso al consumo. Al
educar, se apoya en los referentes familiares que tanto ella como su
marido comparten, ambos con una educación que ella define “chapada
a la antigua”. “A veces soy una bruja, aunque otras trato de no dar a
ciertas situaciones la dimensión que no corresponde, sino verlas como
cosas de niños”

El día a día
“Los padres tenemos la gran tarea de ir mostrándoles el camino. En ese sentido, pienso que la educación es prioritaria. Cada día es un desafío. Lograr un equilibrio a veces no es tan sencillo. Creo que hay que trabajar en las pequeñas cosas que forman a las personas desde chicas. Los hábitos que a veces nos parecen insignificantes, van formando y contribuyendo a las virtudes, que a lo largo de la vida hacen felices a las personas”.

El trabajo, una herramienta
“Me parece fundamental transmitirles la importancia del ‘hacer’, que sepan que con trabajo todo se consigue, que hay que sembrar hoy para recoger mañana. Encuentro que mi familia, de ascendencia alemana, se parece en muchos aspectos a la de mi marido escocés. Tenemos mucho en común y ambos fuimos criados de la misma forma. Por ejemplo, mi marido me contaba que en Escocia las cosechas de papa se vivían en familia y todos participaban, grandes y chicos. Él disfrutaba trabajando mano a mano con su padre. En mi familia, mis hermanos y yo también siempre ayudábamos a papá (metalúrgico) en su taller. A nosotros nos importa que ayuden en las tareas de la casa. Entre semana, por sus actividades diarias, aflojamos un poco, pero los fines de semana tienen que colaborar en todo, desde hacer la cama, poner la mesa hasta cocinar. Nos gusta que aprendan a hacer todas las cosas y que, de algún modo, vayan aprendiendo a ser autosuficientes e independientes”.

Ser flexibles y lograr empatía
“Somos estrictos y tratamos de marcar una línea. Por ejemplo, a la hora del consumo, me gustaría que mis hijos deseen las cosas y no tengan todo servido en bandeja. Cuando nosotros éramos chicos era tanta la ansiedad por una muñeca o un pantalón diferente, que yo me acuerdo que soñaba con el día en que el pantalón me quedara corto para que me dieran uno nuevo. Por otro lado, soy una convencida que a veces es necesario negociar. Los niños te van probando y uno aprende a que hay cosas que también se logran haciendo un trato. Creo que hay que ser flexibles. Intento ser amiga de mis hijos y ganarme su confianza. Continuamente les estoy transmitiendo experiencias vividas como para que se sientan identificados”.

La influencia del entorno
“La vida en el Interior sin duda la disfrutamos y desde nuestro punto de vista tiene mucho valor para educar a los niños: la abundancia de espacios, la sensación de libertad, la tranquilidad y el contacto directo con la naturaleza, nutre y fortalece a la crianza. También el no acceso a tanto consumo creo que nos conduce a ser más creativos y se acerca más a la crianza que uno tuvo. Nosotros somos mucho de planificar programas en familia, de salir a caballo, ir a juntar limones… Quizás muchas familias de la ciudad se morirían de aburrimiento en el Interior, pero nosotros valoramos mucho este tipo de vida. De todas formas, claro que en las ciudades hay una cantidad de ventajas como el acceso a mayor tecnología, una oferta más amplia en educación y en salud, lugares de esparcimiento, aspectos que también hacen a la educación. Una anécdota de cuando vamos a Montevideo es que McDonalds por supuesto es una parada obligada; mis hijos la disfrutan tanto que me preguntan: “Si viviéramos acá mamá, ¿cuantas veces podríamos comer en McDonalds”.

María José Aguerrebere

Segura y reconocida en lo laboral, la maternidad supone a María José todo un desafío en el cual encuentra que no hay una fórmula única y válida al educar. Ingeniera química y madre de dos varones (4 y 1 año), es sincera a la hora de aceptar que constantemente se está haciendo cuestionamientos, buscando el difícil punto de equilibrio entre maternidad y trabajo. “Se aprende sobre la marcha”, nos dice, revelando que sus principales “caballitos de batalla” son los hábitos, las reglas claras con pocas excepciones, el diálogo y la empatía.

La búsqueda por el punto de equilibrio
“En mi caso, la realización profesional es importante pero tengo claro que puede
tener un costo familiar que hay que evaluar y re-evaluar continuamente. Hay ciertos
puestos de dedicación full time y que implican muchas horas física y mentalmente
fuera de casa que en este momento no podría asumir. El día sigue teniendo 24
horas y por más buena calidad que tenga el tiempo que dediques a tus hijos, puede
ser insuficiente si es muy corto”.

Cada día, un nuevo puzzle
“Trabajar y ser mamá es como un puzzle y hay que buscar la forma que las piezas
encajen en su lugar. En lo práctico, ver que no falten piezas (tratar de pautar el ritmo
de la casa aún sin estar, resolver comidas, compras, idas y vueltas que caen en horario de trabajo, imponderables como que se corte la luz, se acabe la garrafa, etcétera). Situaciones difíciles como ser que quien lo cuida te llame y te diga: “El gordo está raro, algo le pasa”, y largar todo para irte.
Confiar en quién te ayuda es básico, yo sino no podría irme a trabajar. También
me parece fundamental que las piezas del puzzle encajen bien y que los chicos
entiendan que te vas a trabajar, pero que esto no implica que no querés quedarte
con ellos. No es fácil pero creo que es básico que sientan que cuando volvés,
tenés muchas ganas de verlos y de estar con ellos y que lo hagas día a día”.

Evitar proyectarlos en nosotros
“Personalmente me cuestiono muchos temas. Por más que uno haya leído o estudiado o escuchado, a ser padres se aprende y discierne sobre la marcha, todos los días. Al menos así lo vivo yo, no hay recetas y está bueno poder adaptarse a diferentes situaciones. Ejemplos de dudas: los límites (cuáles y con qué sistema: contención, premio/penitencia); berrinches (cómo prevenir, cómo reaccionar), autoestima, autoridad entre otras. Creo además, que los padres tenemos que hacer el ejercicio diario de evitar proyectar triunfos y frustraciones propios: que nuestros hijos sean tan buenos o tan malos como nosotros en X, o que sean mejores que nosotros en Y”.

Rutinas bien definidas
“Dos características muy marcadas de mi personalidad es que soy muy estructurada y obsesiva, y obviamente traslado ambos aspectos a la maternidad, entonces imponer hábitos me sale naturalmente. Eso evita la negociación permanente que me resulta súper desgastante. Un ejemplo es con el consumo, que es todo un tema porque las tentaciones son imponentes. En el supermercado en general tranzo con una barrita de cereales o un jugo, pero cuando vamos a una juguetería, por ejemplo, intento ir con un plan claro y preacordado (“Vamos a comprar un regalo y nada más, si ves algo que te guste, lo anotamos para tu cumple”). No siempre me funciona, pero voy por ese lado”.

Diálogo y empatía
“Intento siempre dialogar y explicar los por qué. Creo que es una buena inversión y no me gustan, salvo casos particulares, las sentencias “Porque soy tu madre”. A veces pueden ser necesarias si los chicos no entienden los por qué. También uso el recurso del premio y penitencia, que sé que tiene sus detractores pero en algunos casos es la forma más efectiva que encuentro para que respeten los límites. Cumplir con lo pactado me parece básico. Personalmente, estoy aprendiendo y discerniendo permanentemente. Ese ‘estado’ tiene su lado positivo y su lado negativo. Ninguna situación es igual a otra y el cuestionarse nos lleva a ser más flexibles. Por otro lado, no quisiera que vean mis dudas sino mostrarme bien segura y sólida. Por momentos, parece que me olvido de la diferencia de edad y me encuentro en medio de discusiones ‘infantiles’ que no quiero perder, hasta que reacciono y negocio, preferentemente cambiando el eje”.

Karina Beauvois

Madre de tres nenas (de 9, 3 y 2 años), Karina cree que la calidad de atención que un tercero puede brindar a sus hijas nunca se va a equiparar a la brindada por una madre. En esta etapa, descartó trabajar ocho
horas fuera de casa y optó por desarrollarse como arquitecta de manera independiente. “Aunque a veces sea agotador, disfruto de estar con ellas y creo que hace una diferencia. Claro que por momentos me he sentido
un poco ‘encarcelada’, pero de a poco logro hacerme más tiempo para combinar ambas cosas”.

Equilibro, instinto y sentido común
“Al educar trato de no irme a los extremos: ser demasiado exigente puede ser negativo y, lo contrario, atentar contra la contención que precisan los niños. Encontrar ese punto medio es la mayor dificultad. En la fijación de límites, me parece importante ser coherente, considerando las edades de cada una. Me guío un poco por el instinto y el sentido común. Trato de dejar las reglas claras ya que no tienen por qué saberlas de antemano y luego, aplicar una consecuencia lógica si las incumplen. A veces encuentro más eficaz elogiar cuando se portan bien, de esa manera refuerzo lo positivo y aliento ese tipo de conducta. En lo posible prefiero estar cerca de ellas para saber qué está pasando en sus vidas, creo que realmente hace la diferencia”.

Motivarlos desde lo lúdico
“A la hora de imponer hábitos, trato de plantearlos de una manera lúdica. Las más chicas están en esa edad en que se creen el ombligo del mundo, al pedirles que te ayuden sienten que les das participación y les encanta. En la cotidiana, tratamos de generar instancias divertidas donde la consigna es el disfrute. Aprovecho mi vocación para incursionar en el área de la plástica. Tenemos un cuarto lleno de materiales donde trabajamos juntas. Es un momento para compartir, experimentar, imaginar y crear. En cuanto al diálogo, también me parece importante la creatividad. Generalmente es más fácil lograr que se abran cuando estás compartiendo una actividad que te permite otro tipo de conexión. Si simplemente le pregunto a mi hija de 9 años que me cuente cómo le fue en su día, me responde: “Todo bien”; en cambio, si por ejemplo, estamos encarando algún proyecto para el colegio en el cual la estoy ayudando, ¡entonces no para de hablar!”.

Padre y madre, roles complementarios
“Creo que ambos padres tienen igual responsabilidad ante la educación y el cuidado de los hijos. Quizá la diferencia radique en qué área controla cada uno. Pienso que la mujer tiene un rol más detallista que le es innato, parece que vienen con el chip incorporado. Yo soy de las que me interno una semana haciendo manualidades para preparar un cumpleaños, me gusta complicarme, es mi manera de demostrarles mi cariño. A veces me excedo un poco y entonces Javier (su marido) me lo hace notar, él es mucho más práctico. En casa yo me ocupo de aprontar a las niñas, prepararles meriendas y uniformes, revisar sus mochilas, leer el cuaderno de comunicados y estar pendiente de los horarios de sus actividades. Javier jamás recuerda qué día les toca llevar fruta o cereal al colegio y no tiene idea de cómo combinarles la ropa, no se fija en los detalles, pero siempre está pendiente de ellas. Se atreve a ponerse a su nivel para entretenerlas y hacerlas reír. Las sorprende inventando juegos. Les cocina a menudo y les cuenta un cuento a la hora de acostarlas. Está siempre preparado para ‘salir al rescate’ en momentos donde me veo superada por el cansancio y la frustración, de esa manera logramos complementarnos y salir a flote en la exigida tarea diaria de ser padres”.

Sus principales herramientas
“Conocerlas, ya que cada una es distinta de la otra y por lo tanto también lo son sus necesidades. Estimularlas, para despertar su curiosidad, sus ganas de investigar y de hacer cosas interesantes. Alentarlas, para que sientan que vale la pena el esfuerzo. Jugar con ellas, como estrategia para que aprendan de manera natural y divertida. Poner atención en el ejemplo: mis hijas son chicas y están en plena etapa de imitación, trato de tener conciencia del impacto que tienen mis acciones en ellas”.

 

María Eugenia Mirande

La vida de María Eugenia transcurre entre Montevideo y el campo familiar que administra y fue su hogar, junto a su marido y sus cinco hijos (de 10, 8, 6, 4 y 1 año) hasta que volvió a la capital. Para esta contadora lo más valioso que puede dejar a sus hijos es un “mapa” que los conduzca a ser personas responsables, auténticas y atentas a las necesidades ajenas. Le parece más trascendente fortalecer la conciencia y la voluntad de sus hijos, antes que plantearse su felicidad, un estado que entiende variable a lo largo de la vida.

Formar seres responsables
“Lo que nosotros buscamos para nuestros hijos es que encuentren aquello que los haga ser mejores personas, buenos cristianos. No necesariamente lo que los haga más felices ahora. En este sentido, mi principal herramienta es la oración diaria con los chicos y también la oración en pareja. Pienso que hay que transmitirles claramente lo que está bien y lo que está mal. Y que si se pasan de la raya, hay consecuencias de las cuales se tienen que hacer responsables. Uno puede tener una teoría de cómo establecer los límites que no siempre coincide con la diaria. En la práctica, yo soy más de explicarles mucho (quizás de más) y mi marido va directo al grano con la teoría de ‘Si te pasaste, que te duela’, que sinceramente es más efectiva. No me refiero a pegar sino a corregir la macana inmediatamente”.

Estar convencido de dónde partimos
“En casa sólo se puede comer caramelos los sábados, jugar al Wii el fin de semana, y en el horario que está escrito. Una vez que definimos claro qué uso se da a cada cosa, los chicos lo acatan perfecto. A veces, a los chiquitos, les cuesta más aceptar el ‘Esto no lo necesitamos’, pero de a poco lo hacen. Un ejemplo claro es que no tenemos cable y como tampoco hay antena, no se ve la tele. Y estamos convencidos que es lo mejor para todos, a pesar de los comentarios que recibimos de afuera. Nos refuerza la idea de que sí se puede ir en contra de la corriente, cuando la corriente no es buena”.

Ejercitarles la voluntad
“Los chicos tienen una voluntad bárbara al a hora de ayudar en las tareas de la casa. Sea para entrar la leña, levantar la mesa, llevar la basura, juntar las cosas que tiraron, lavar el auto y, lo que más disfrutamos acá en Montevideo, es hacer el jardín: unos juntan la pinocha mientras otros rastrillan, otros cortan el pasto y pasan la bordeadora. Tenemos un equipo completo. En el campo también están acostumbrados a ayudar bastante”.

Conocer a cada uno
“Creo que la disciplina la van adquiriendo los chicos de a poco y no todos de la misma forma y en el mismo tiempo. A algunos de nuestros hijos no les cuesta nada acatar lo que dicen papá y mamá y tienen claro lo que se espera de ellos y naturalmente se esfuerzan por alcanzarlo; otros tienen que luchar con su carácter y les cuesta muchísimo. Y a otros definitivamente hay que imponerles disciplina. Por eso, lo importante es conocer a cada uno de los chicos. Como toda madre, hay momentos en que me cuestiono si les estaré exigiendo demasiado, sobre todo cuando uno ve como ‘premian’ a veces a los amigos y en casa no existen premios, damos por hecho que lo que tienen que hacer es hacer bien lo que hacen, lo mejor que puedan”.

Sintonizar con terceros educadores
“Como todos los padres estamos permanentemente ‘delegando’, tanto en el colegio, como en casa, con familiares. El tema es elegir y conocer bien a las personas en las que estamos delegando y también que ellos sepan y respeten la forma en que queremos educar a nuestros hijos. Pero más allá de buscar apoyo, creo que los límites, los valores, la responsabilidad, los enseñan más que nada los padres. En casa con mi marido nos apoyamos y complementamos uno en otro. Nuestros roles difieren. El padre es el líder indiscutido, marca las reglas, es súper estricto pero también es cariñoso y nos hace divertirnos mucho. Mi rol es de acompañarlos más, enseñarles valores, darles amor”.

 

Virginia Caorsi

Virginia hace énfasis en el diálogo, la reflexión y el compartir, todo ello bajo una continua observación y conexión con cada uno de sus cuatro hijos. Suena complicado, dice, pero “es casi intuitivo”. Virginia, quien es responsable de Lindolfo Teatro y Restaurant, es una firme convencida que lo más importante es el ejemplo. “Enseñarles a luchar por sus sueños y a nunca dejar de intentarlo, a levantarse cuantas veces sea necesario y enseñarles también la profunda fuerza de la pasión”

Darles lo mejor de nosotros mismos
“Quiero darles a mis hijos lo mejor de mí para que ellos descubran que es lo mejor para ellos mismos. Creo que uno de los objetivos en la vida es descubrir que es lo mejor para cada uno de nosotros y lograr la fortaleza para sostenerlo, siendo consistentes entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Quiero que mis hijos sean libres de espíritu y fieles a sí mismos; independientes, con alta autoestima y seguridad, siempre bajo la premisa de que la vida es un camino de aprendizaje y que la humildad es la llave para abrir el corazón. Ellos aprenden más de lo que nosotros hacemos que de lo que les decimos, del ejemplo. Es entonces que queriendo lo mejor para ellos, debemos buscar lo mejor para nosotros mismos, debemos reconocer nuestras raíces e influencias, e identificar la gran oportunidad que tenemos como padres de mejorar. Podemos liberarnos y liberarlos de aquellos preceptos o conductas que con la madurez reconocemos y elegimos cortar. Podemos también identificar nuestros propios errores para que estos no lleguen a nuestros hijos y que ellos vean nuestra transformación como un proceso voluntario posible de evolución positiva. Ellos son nuestros testigos, nacen para enseñarnos lo que necesitamos aprender. Son nuestros hijos pero no son de nuestra propiedad, sino de ellos mismos”.

Límites: fruto de un consenso
“Es necesario tener uno mismo claro cuáles son los límites que necesitan nuestros hijos. Debemos marcarles la cancha en la que se moverán. Uno como padre no puede establecer límites que no comparte o no cree. Las reglas deben ser discutidas por toda la familia y aprobadas en grupo. Debe haber un consenso fruto de un análisis. De esta forma, si no se cumplen las reglas, las penitencias no se viven como un exceso de poder arbitrario o una injusticia. Pienso que lo ideal es cumplir con lo que decimos siempre. Personalmente, en la práctica me resulta muy difícil hacerlo cuando los chicos crecen. Desde que nacen hasta los 7 años es más sencillo mantener mi palabra, pero cuando son más grandes es difícil porque ya te cuestionan. Es entonces cuando nos enfrentamos a la necesidad de evolucionar con ellos. Nuestras herramientas y métodos deben ir adaptándose al crecimiento de nuestros hijos”.

Retiros familiares
“Para que nuestros hijos comprueben que el consumo o Internet no son importantes ni decisivos a la hora de ser felices, con mi marido los llevamos de vacaciones a lugares despojados de todos estos elementos e intentamos acercarlos a la naturaleza. Lo más mágico que sucede en esos momentos es que las necesidades de cada uno se vuelven las de todos. La competencia por lograr la atención de los padres se disipa en la medida que estamos conectados y concentrados todos en el mismo tiempo y lugar. Yo lo recomiendo, sería como un retiro familiar sin interferencias externas. En ese medio nos prestamos mas atención que de costumbre y descubrimos en nosotros y los demás integrantes de la familia, aspectos que, por estar distraídos, no notamos antes”.

Mostrarse humanos
“Siempre argumento mis decisiones y escucho lo que los chicos tienen para decir. Busco que razonen conmigo y me muestro capaz de que me hagan cambiar de opinión. Me gusta mostrarme imperfecta, asumir que me equivoqué y que soy capaz de cambiar mi decisión. La verticalidad no es mi estilo. Nunca el ‘Porque lo digo yo’. Trato de que sientan que ellos eligen y que sus decisiones son apoyadas por nosotros”.

Estar conectados
“Si uno está mirando, rápidamente se da cuenta cuando las cosas no andan bien. Me refiero a esa conexión que, cuando tiene una interferencia, la sentimos al instante. Cuando siento esa tensión aprendí que es necesario actuar lo antes posible. Acercarme y prestar más atención. Creo que esto es fundamental, conocerlos y seguirlos día a día como cualquier relación humana que uno desea cultivar. No es necesario estar sobre ellos, lo importante es estar presentes en el vínculo. Sólo necesitamos estar cerca atentamente, deseando ver la persona que se está formando y no intentando ver la persona que nosotros queremos que sea”.

Por Martina Pérez
Fotos: Olivia Pérez y Manuela de Agrela


 
NOTA: Todas la fotos tienen derechos reservados de autor.
 
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